Trump, Fed y Davos: el “timing” de la expansión
Hay semanas en las que el mercado se mueve por datos; y hay semanas en las que se mueve por poder. La última combinación es explosiva: cuando la Casa Blanca, el Tesoro, la Fed y el resto del mundo parecen bailar al mismo ritmo, el dólar deja de ser solo una divisa y se convierte en una palanca.
En enero de 2026, ese guion se siente demasiado coherente para ignorarlo. La narrativa dominante del “dólar débil” no viene solo de expectativas de tasas o de inflación; viene de una mezcla más incómoda: aranceles como amenaza y como herramienta, tensión geopolítica (sí, Groenlandia incluida), señales de coordinación en el yen, commodities empujadas por la demanda de IA, y un mercado de crédito que —por ahora— compra el “risk-on” como si el riesgo estuviera lejos.
La pregunta que vamos a desarrollar esta semana en el blog es simple, pero grande: ¿Está la administración Trump incentivando (o al menos aprovechando) un dólar más débil para mejorar condiciones financieras globales, reactivar manufactura en EE.UU. y, de paso, construir una ventaja política para que los republicanos mantengan control en los próximos años?
Aranceles, Groenlandia y Canadá
Lo más interesante de la historia no es el titular de “aranceles”. Lo interesante es el efecto de segundo orden: cómo una amenaza comercial puede mover flujos de capital, provocar el “Sell America trade” por unas horas o unos días, y empujar al alza al euro y a la libra incluso cuando el mercado no ha visto todavía el golpe real a la economía.
En los últimos días vimos un ejemplo de manual: la amenaza de aranceles a varios países europeos vinculada al pulso por Groenlandia. No hace falta que el arancel se implemente hoy para que el mercado se cubra hoy. Y cuando el mercado se cubre, el dólar sufre. Hubo reportes de que el plan discutido incluía un tramo inicial de 10% desde el 1 de febrero, escalando a 25% desde el 1 de junio. Ese tipo de calendario es dinamita para el FX, porque obliga a reposicionar a empresas, hedge funds y gestores antes de que “sea tarde”.
Luego está Canadá. La amenaza de un 100% de arancel a bienes canadienses si Ottawa avanza con un acuerdo comercial con China es el tipo de mensaje que no busca negociación técnica; busca mensaje sistémico: “no habrá puerta trasera”. En mercado, eso se traduce en volatilidad inmediata. Y la volatilidad —cuando es geopolítica y no macro— suele traducirse en rotaciones rápidas entre dólar, yen, oro y bonos.
Pero aquí viene el matiz crucial: cuando estas amenazas terminan levantándose o “suavizándose”, el daño al dólar no se revierte del todo. El mercado aprende una cosa: el riesgo político de EE.UU. ha subido. Y cuando sube ese riesgo, el capital diversifica: más Europa, más emergentes, más commodities, más oro. Ese flujo estructural es exactamente el tipo de corriente que mantiene al dólar en debilidad relativa.
En Davos, el propio Trump lo dijo sin rodeos al presentar su marco: “bajamos impuestos a productores domésticos y subimos aranceles a naciones extranjeras”. También remarcó que, con su política de aranceles, el déficit comercial habría caído con fuerza, y que las exportaciones estarían subiendo. Independientemente de cuánto compres el relato, el mensaje al mercado es nítido: el comercio es un instrumento activo de política económica.
Japón, el yen y la señal rara
Si lo de Europa y Canadá mueve el dólar por titulares, Japón lo mueve por plumbing.
En paralelo al ruido de aranceles, el mercado de bonos japoneses de largo plazo mostró tensión real. Los movimientos en 20, 30 y 40 años fueron lo suficientemente violentos como para contagiar al resto del mundo. ¿Por qué importa? Porque Japón no es “un país más”: es un pilar del sistema de tasas global. Cuando se rompe la calma en el extremo largo de Japón, el resto del mundo se pone nervioso.
La novedad fue la señal: un “rate check” en el dólar/yen realizado por la Fed de Nueva York, reportado como una consulta a dealers sobre precios, que suele interpretarse como preámbulo de intervención o al menos de coordinación. En un solo día, el dólar cayó fuerte contra el yen tras esa señal. Y, aunque la intervención oficial sea japonesa, el hecho de que el Tesoro de EE.UU. esté asociado al proceso cambia el juego: sugiere que Washington no quiere un yen demasiado débil ni un estrés prolongado en el mercado de bonos japonés.
¿Y cómo se conecta esto con el dólar débil? De forma contraintuitiva: si EE.UU. “tolera” que el dólar pierda algo de fuerza contra Europa (euro/libra) por el canal de aranceles y narrativa, pero al mismo tiempo evita un USD/JPY descontrolado cerca de niveles sensibles, está administrando el tipo de debilidad que más le conviene. No una caída caótica, sino una debilidad que abarate el dólar de manera ordenada y relaje condiciones financieras globales.
Esto importa porque un dólar más débil suele actuar como lubricante mundial: mejora condiciones de financiación para emergentes, reduce presión sobre deuda en dólares fuera de EE.UU., apoya commodities y suele favorecer activos de riesgo. Cuando ese mecanismo se activa, la liquidez global “se siente” más abundante incluso antes de que la Fed haga algo dramático.
La liquidez por dentro
Por dentro, el cuadro de liquidez monetaria no es de “QE masivo”, pero sí de transición. El balance de la Fed se ha movido lentamente, y el Tesoro ha estado reequilibrando su cuenta (la famosa TGA). En ese contexto, el punto que más se vuelve relevante para el trader macro no es el titular, sino la dirección: las reservas bancarias vienen sosteniendo una tendencia alcista desde los mínimos de noviembre de 2025.
Cuando reservas suben, el sistema financiero respira. No significa “todo es bullish”, pero sí significa que el estrés de liquidez se reduce y que el crédito suele tener más espacio para fluir. Y cuando el crédito fluye, el mercado se anima a anticipar el siguiente paso: crecimiento real.
Aquí aparece otra pieza de “preparación”: ajustes regulatorios y de balance sheet constraints. Este mes se empezó a hablar más del eSLR (enhanced Supplementary Leverage Ratio) y de cómo cambios regulatorios pueden liberar capacidad en balance de los grandes bancos para intermediar Treasuries y crédito. En la práctica, cuando el sistema bancario tiene más capacidad para absorber activos sin penalización excesiva, se vuelve más fácil que las condiciones financieras mejoren sin necesidad de que la Fed recorte 200 bps.
Todo esto encaja con el “tono dovish” que el mercado quiere escuchar: no necesariamente porque la Fed ya esté recortando agresivo, sino porque la expectativa de tasas más bajas y un entorno financiero menos restrictivo se instala… y el dólar lo refleja.
Davos dejó pistas
En Davos, la administración Trump llevó un mensaje de manual pro-negocios: desregulación, recorte de impuestos, 100% expensing para capex, y foco total en atraer inversión. Trump habló de compromisos de inversión récord, de productividad en alza y de un impulso de construcción de fábricas. También vendió la idea de “inflación derrotada” y de crecimiento extraordinario.
El punto clave para nuestro tema es que el mensaje no fue solo “crecer”. Fue “crecer con control”. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, fue explícito en el objetivo: “bajar tasas mientras expandimos la economía” y apuntar a un EE.UU. creciendo cerca de 3%. Ese tipo de frase, soltada en un escenario como Davos, es casi una señal a mercado: el Tesoro quiere condiciones financieras menos apretadas.
El secretario de Comercio, Howard Lutnick, reforzó el argumento desde otro ángulo: si vendes al mundo que los aranceles no serán necesariamente inflacionarios (o que el impacto será manejable), reduces la prima de riesgo de inflación futura. ¿Resultado? Más apetito por riesgo, spreads más apretados, dólar menos demandado como refugio.
Si tú eres un estratega político con poder ejecutivo, tu incentivo es obvio: quieres que el “boom” se sienta con fuerza en el bolsillo del votante en la segunda mitad de 2026, justo cuando el termómetro electoral sube camino a las midterms. Si además puedes llegar a ese boom con inflación contenida, el “trade” es perfecto: crecimiento, empleo, bolsas fuertes, crédito barato. Eso no es solo economía: es la arquitectura para sostener control político por más años.
No podemos afirmar coordinación perfecta como hecho, pero sí podemos leer incentivos y señales. Y la pregunta importante es: ¿pueden estar retrasando deliberadamente el momento en que el ISM manufacturero vuelva sostenidamente sobre 50 para terminar de “preparar el terreno”? Es decir: desregular primero, atraer inversión primero, enfriar inflación primero, mejorar reservas y liquidez primero, y recién después soltar el acelerador.
Condiciones financieras, spreads y small caps
Si quieres saber si el mercado compra esta historia, no mires X. Mira el crédito.
En enero, los spreads de crédito investment grade llegaron a niveles extremadamente bajos, alrededor de 0.73 puntos porcentuales sobre Treasuries, y el mercado de emisión corporativa ha estado muy activo. Eso te dice que, pese al ruido político, el crédito —que suele ser más “frío” y más disciplinado— no está priceando un accidente inminente. Está priceando continuidad.
Y cuando el crédito se relaja, normalmente se activa la siguiente fase: la rotación.
Una de las señales más llamativas de este arranque de 2026 ha sido la rotación hacia small caps. Se llegó a comentar que el Russell 2000 encadenó una racha histórica de outperformance frente al S&P 500. Esa es una señal potente: small caps tienden a beneficiarse cuando el mercado huele caída de tasas, mejora de condiciones financieras y aceleración del ciclo interno.
Si el dólar se debilita de forma ordenada, el costo financiero global baja, el crédito mejora, y la economía real —sobre todo manufactura y sectores sensibles a tasas— debería sentirlo. La rotación a small caps sería el “early tell” de que el mercado está adelantando el Q2/Q3.
IA y robótica como fuerza desinflacionaria
Ahora, el punto más importante para la tesis 2026–2027: ¿cómo puedes tener crecimiento fuerte sin inflación si al mismo tiempo estás en un boom de inversión?
La respuesta es productividad.
La IA y la robótica, cuando pasan del “hype” a la implementación, cambian el costo unitario de producir. Reducen horas por unidad, reducen errores, aceleran diseño y logística, optimizan inventarios y, sobre todo, atacan el componente más pegajoso: servicios y salarios. No es inmediato, pero cuando empieza, el efecto se acumula.
En Davos, Trump presumió del liderazgo de EE.UU. en IA y de la expansión de capacidad energética y de infraestructura para data centers. Esa obsesión por energía y capex no es decorativa: es el cuello de botella del próximo ciclo. Si resuelves energía, resuelves crecimiento. Y si resuelves productividad, puedes tolerar un crecimiento más alto con menos presión inflacionaria.
¿Dónde entra el dólar débil? En que alivia el sistema global, facilita el comercio y permite que el impulso de inversión se sostenga más tiempo. Un dólar demasiado fuerte tiende a “romper cosas” fuera de EE.UU.; un dólar más débil, en cambio, suele estirar el ciclo. Eso te abre una ventana para que el boom de productividad (IA/robótica) llegue antes de que la inflación te obligue a frenar.
Cobre, CESI y el reloj del ciclo
Para ponerle tiempo a una historia hay que escoger indicadores que no sean “opinión”. Aquí entran dos: el CESI (Citi Economic Surprise Index) y el cobre.
El CESI mide si los datos salen por encima o por debajo de expectativas. A mediados de enero, el CESI de EE.UU. seguía en terreno positivo. Eso es importante porque un CESI positivo suele sostener el apetito por riesgo y, en muchos ciclos, termina empujando a la Fed a ser menos agresiva. Es el terreno perfecto para que la administración venda “soft landing” mientras prepara la fase de expansión.
El cobre —el famoso Dr. Copper— es el metal más incómodo para ignorar cuando estás hablando de manufactura. No es infalible, pero históricamente su demanda se correlaciona con la actividad industrial y con los cambios en el ISM. Si sumas la narrativa de electrificación, data centers, redes eléctricas y automatización, el cobre vuelve a ser un barómetro del capex real.
Entonces, ¿cuántos meses suelen pasar desde un tramo sostenido de fortaleza del cobre hasta que el ISM manufacturero empieza a “confirmar”? En ciclos anteriores, el cobre tiende a anticipar el movimiento, y una ventana razonable para pensar en confirmación del impulso manufacturero es de 3 a 6 meses. Si aceptamos esa lógica, el ‘momento inevitable’ del ISM > 50 se vuelve cada vez más probable hacia Q2–Q3 de 2026.
Que el gobierno quiera estirar la fase de “preparación” manteniendo el ISM cerca o por debajo de 50 para terminar desregulación, atraer inversión, bajar inflación y permitir que el crédito se relaje. Eso no cancela el reloj del cobre; solo lo empuja al borde final del rango. En otras palabras: podrías ver una expansión inevitable hacia el final de Q2 o durante Q3, incluso si intentan “administrar” el timing.
¿Y China? La pieza que puede sincronizar el ciclo global
Cuando China expande liquidez, el mundo entero lo siente en commodities, en Asia, en emergentes y en la inflación importada/exportada.
En las últimas semanas hubo señales de que el banco central chino (PBoC) considera recortes de tasas y del RRR en 2026, y también se discuten programas fiscales y emisiones de bonos para sostener crecimiento. ¿Eso garantiza “+1 trillón” de liquidez? No necesariamente en dólares, pero sí aumenta la probabilidad de un impulso significativo.
Si China se mueve con fuerza, un dólar más débil es el combustible perfecto: alivia presión en monedas emergentes, apoya commodities y hace que la expansión sea más sincronizada. Desde la óptica estadounidense, hay dos lecturas: anticipar el movimiento (para no sobrecalentar inflación local) o aprovecharlo (para exportar más, crecer más y reforzar el ciclo).
Además, 2026 es un año de refinanciamiento y gestión de costo de deuda para EE.UU. Bajar tasas —o al menos evitar que suban— no es un detalle técnico: es una variable de Estado. Si conectas esa necesidad con un dólar más débil que relaja condiciones financieras, con un mercado de crédito cómodo y con una economía que acelera “a tiempo” para las midterms, el puzzle queda armado.
De nuevo: no es una acusación; es una lectura de incentivos. Y en mercados, los incentivos suelen mover más que los discursos.
La tesis que vamos a vigilar desde ahora
Si tuviera que resumir la semana en una sola frase sería esta: el dólar se está comportando menos como termómetro y más como instrumento.
La administración Trump habla de aranceles y crecimiento; el Tesoro habla de tasas más bajas; la Fed mueve su balance lentamente; Japón manda señales de estrés en el largo plazo; el ‘rate check’ en USD/JPY sugiere coordinación; el crédito compra continuidad; y las small caps empiezan a oler expansión doméstica.
¿Puede todo esto sostener un ciclo largo, potente y más amplio hasta 2027? Sí, si el componente de productividad (IA y robótica) se materializa a tiempo y si el dólar débil ayuda a estirar la cuerda sin romperla. ¿Puede también tener un objetivo político claro —sostener poder republicano por varios años—? Es difícil no verlo como incentivo central.
ℹ️ Descargo de responsabilidad (léelo con calma)
Este contenido es informativo y educativo. No es asesoría financiera ni una recomendación para comprar o vender valores. Invertir en mercados implica riesgos, incluido el de pérdida total del capital.
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