Reagan vibes, pero con IA

Reagan vibes, pero con IA

La semana pasada el reporte de inflación volvió a disparar el debate. Algunos economistas —y con razón— cuestionaron la “foto” puntual: cuando un dato sorprende al consenso, aparecen dos reflejos automáticos en Wall Street. El primero es celebrar. El segundo es desconfiar. Y lo interesante es que, aun si aceptamos las críticas metodológicas y asumimos que la cifra puede moverse 10–15 bps arriba o abajo cuando se normalicen ciertos componentes, la película completa no cambia: la tendencia de inflación en EE. UU. sigue apuntando a la baja, y eso abre un escenario que el mercado llevaba tiempo esperando… pero que muchos aún no terminan de creer.

Porque el corazón de esta historia no es “un CPI”, sino el encaje entre tres fuerzas que, cuando se alinean, cambian el régimen macro: inflación cediendo + crecimiento real sosteniéndose + mejora en el canal del crédito. Si eso se confirma, no estás viendo una simple desaceleración; estás viendo el terreno para una fase de expansión más limpia, en la que el riesgo principal deja de ser el sobrecalentamiento y pasa a ser el “timing” de la política monetaria.

En ese contexto, el GDPNow de la Fed de Atlanta por encima de 3% (SAAR) funciona como una señal de respaldo: no estamos hablando de una economía frenada que “se salva” porque bajó la inflación, sino de una economía que mantiene tracción mientras los precios, en promedio, dejan de acelerar. Es la combinación que el gobierno de Trump quiere vender como el plan: crecer sin inflación.

Inflación a la baja con crecimiento arriba

Hay un punto que suele perderse cuando el mercado se obsesiona con la sorpresa del dato: la inflación no es un número; es un proceso. Y los procesos se validan con repetición, con trayectoria, con la composición interna del índice. Por eso, aunque el reporte reciente haya sido criticado —y aunque haya componentes que pueden “normalizarse” en próximas lecturas— lo que importa es que, mes a mes, la narrativa de desinflación se vuelve más difícil de ignorar.

Esto es clave: si la inflación baja, el margen de maniobra de la Reserva Federal aumenta. No porque la Fed quiera “ayudar al mercado”, sino porque su trabajo se vuelve más simple: si el ancla inflacionaria está menos amenazada, puede enfocarse con más libertad en el otro lado del mandato, el pleno empleo. Y aquí aparece el puente hacia el crecimiento: tasas más bajas no solo alivian el costo financiero; reviven el crédito.

Cuando el crédito se reanima, los primeros sectores que reaccionan no son los que están de moda en X; son los que dependen mecánicamente del financiamiento: vivienda e industria/manufactura. En vivienda, porque la hipoteca es literalmente una tasa. En manufactura, porque inventarios, CapEx y capital de trabajo viven de condiciones financieras. La secuencia tiene lógica: inflación cede → la Fed recorta o puede recortar más → se abarata el crédito → se reactivan vivienda y manufactura → la actividad real retroalimenta el crecimiento.

¿Y dónde entra el gobierno? En el guion político es perfecto: una economía que crece mientras la inflación baja es la mejor campaña. Por eso has visto al equipo económico insistir en el mensaje de que los precios “se están arreglando” sin matar la actividad. El matiz es importante: puede haber volatilidad de corto plazo, sí. Puede haber “ruido” estadístico, sí. Pero la dirección es la señal que manda.

De Reagan a Trump

La comparación con Reagan no es nostalgia; es una referencia útil. El tempranos‑80s fue un periodo donde EE. UU. vivió una combinación incómoda: inflación alta heredada de los 70, un ajuste monetario duro, y luego una recuperación potente. Reagan, en su propio lenguaje, celebró algo que hoy vuelve al centro: crecimiento fuerte sin inflación.

¿De dónde sale esa posibilidad? El argumento “supply‑side” (enfoque de oferta) tiene una intuición simple: si logras aumentar la oferta de bienes y servicios (más producción, más eficiencia, más capacidad), puedes crecer sin encender la fogata de precios. No porque la inflación desaparezca mágicamente, sino porque el crecimiento se reparte entre más unidades producidas en lugar de concentrarse en subidas de precios.

En los 80, el “combo” incluyó cambios fiscales, desregulación y un impulso de inversión que, con el tiempo, elevó la capacidad productiva. No fue lineal (hubo recesión, hubo dolor), pero la lógica quedó instalada: la economía puede expandirse si la oferta se expande más rápido que la presión de demanda.

Ahora, saltemos al presente. El gobierno de Trump intenta vender un relato parecido, pero con una diferencia enorme: hoy existe una palanca que Reagan no tenía. Y esa palanca se llama productividad impulsada por inteligencia artificial.

Productividad + IA

El gran cambio de esta década no es que “la IA es cool”; es que la IA está empezando a comportarse como tecnología de propósito general: una capa horizontal que toca procesos, equipos y márgenes. Si la productividad sube, el costo unitario tiende a bajar o, al menos, a subir menos. Y cuando los costos unitarios se moderan, la inflación suele perder fuerza.

Pasamos de la era de las aplicaciones a la era de los agentes. La idea (bien resumida por quienes siguen el mundo AI) es que el salto real llega cuando la IA deja de ser “una herramienta para hacer una tarea” y empieza a ser un sistema que coordina tareas: planifica, ejecuta, corrige y aprende. Eso escala productividad de una manera distinta, porque no ahorra minutos; ahorra fricción.

La tesis más potente no es que “habrá más chatbots”, sino que el software se convierte en mano de obra digital. Si esa mano de obra digital se integra en operaciones, finanzas, logística, soporte al cliente y manufactura, el efecto agregado es un shock positivo de oferta. Y ahí aparece la conexión macro: más oferta + más productividad = más crecimiento con menos presión inflacionaria.

Pero ojo: esto no es automático. La productividad no sube con promesas; sube con inversión, despliegue y adopción. Y por eso el mercado está obsesionado con CapEx en data centers, chips, redes, energía y automatización. La historia real es que el crecimiento “sin inflación” necesita un motor físico y operativo, no solo un discurso.

El canal financiero

Ahora viene la parte que muchos no conectan: incluso si tienes desinflación y productividad, el ciclo necesita transmisión financiera. Y ahí entran dos conceptos que, aunque suenen técnicos, son cruciales para el 2026: eSLR y “QE técnico”.

El eSLR (enhanced Supplementary Leverage Ratio) es, simplificando, una restricción de balance para los bancos más grandes. Cuando el apalancamiento regulatorio se vuelve el “límite” operativo, los bancos tienden a ser más conservadores en actividades que consumen balance, como intermediar en Treasuries o expandir ciertas formas de crédito. Ajustar esa palanca no significa “regalar riesgo”; significa permitir que el sistema financiero respire en activos de bajo riesgo y en momentos donde el mercado necesita capacidad de intermediación.

Y aquí viene el otro punto: el famoso “QE técnico”. No es QE en el sentido clásico (comprar duración para empujar yields largas a la baja), pero sí puede funcionar como un mecanismo de gestión de reservas y liquidez, especialmente si el banco central compra T‑bills o instrumentos de corto plazo para mantener “amplias” las reservas del sistema. En el lenguaje del trader, es el tipo de flujo que cambia el tono de la subasta: mejora la capacidad de absorber mas emision, reduce fricción en el financiamiento, y sostiene el canal del crédito.

Si juntas esto con la trayectoria de inflación, el resultado es un cóctel que el mercado suele premiar: tasa de interés bajando + liquidez menos restrictiva + crédito con menos fricción. Y eso impacta directamente en vivienda, manufactura, small business y en general en todo lo que vive de financiamiento.

El escenario base…

El escenario “bonito” es claro: inflación bajando, GDPNow mostrando crecimiento arriba del 3%, recortes adicionales de tasas, crédito reactivándose, y una ola de productividad que permite crecer sin recalentar precios. De hecho, es el tipo de régimen que produce rallies que parecen “fáciles” porque el viento macro está de espalda.

Pero el mercado siempre cobra su peaje: el riesgo es confundir tendencia con destino. La inflación puede caer y luego estancarse. La vivienda puede rebotar y luego chocar con oferta limitada. La manufactura puede acelerar y luego frenarse si el consumo pierde fuerza. Y, sobre todo, la política puede reintroducir presión de precios justo cuando el mercado ya se había enamorado de los recortes.

Por eso, mi lectura para un inversor/trader no es “todo está resuelto”. Es más fría: estamos entrando en una ventana donde el riesgo/recompensa de un soft‑landing con crecimiento real se vuelve más plausible. Y cuando esa plausibilidad sube, los activos de riesgo suelen adelantarse.

Lo importante es entender el mecanismo. Reagan lo resumió como “crecimiento sin inflación” en su era. Trump intenta instalar un mensaje parecido en la suya. La diferencia es que hoy el motor de oferta no depende solo de política fiscal o desregulación: depende de una revolución tecnológica que puede elevar productividad a escala.

Si la IA realmente acelera la producción de bienes y servicios —y si el sistema financiero, vía eSLR y el “QE técnico”, mantiene el crédito corriendo— entonces el mercado no solo está apostando a recortes. Está apostando a un cambio de régimen: un crecimiento que no necesita inflación para existir.

Y si eso se confirma, la pregunta ya no será “¿cuándo recorta la Fed?”. La pregunta será “¿qué activos están posicionados para un mundo donde el crecimiento vuelve… y los precios no explotan?”.

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ℹ️ Descargo de responsabilidad (léelo con calma)

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