La próxima expansión de EE. UU. ya empezó

La próxima expansión de EE. UU. ya empezó

Todo el mundo habla de recortes de tasas de interés, de si la Reserva Federal va a cortar 25 puntos básicos más o no, y de si Estados Unidos va hacia una recesión suave o un aterrizaje perfecto. Pero mientras los titulares se pelean por el drama del momento, debajo de la superficie se está moviendo algo mucho más importante para cualquier inversionista que mire a 2026: la combinación de mejora de liquidez, empleo temporal en recuperación y beneficios empresariales al alza, tres piezas que históricamente aparecen justo antes de que el ciclo económico entre en una nueva fase de expansión.

Si eres un inversor hispanohablante que sigue la economía de Estados Unidos para decidir dónde poner su dinero en los próximos años, este es el tipo de historia macro que no te puedes perder. Porque la clave no está sólo en que la Fed baje las tasas, sino en entender cómo esa bajada, sumada al fin del QT y al regreso de un “QE técnico” silencioso, prepara el terreno para reactivar la manufactura, la vivienda y el consumo sin desatar una nueva ola inflacionaria.

Vamos a conectar las piezas: qué está pasando con la liquidez desde diciembre, por qué el empleo temporal y las expectativas de beneficios ya se han girado al alza, y cómo, si miras el promedio de los S&P Global de ISM Manufacturero y el S&P Global de manufactura, la economía industrial de Estados Unidos ya está técnicamente en expansión.

De la contracción de liquidez al nuevo ciclo de crédito

Entre julio y noviembre de 2025 vivimos una fase clara de contracción de liquidez. El QT seguía drenando el balance de la Fed, el colchón del mercado de repos se había consumido casi por completo y buena parte del ajuste empezó a caer directamente sobre las reservas bancarias. Ese fue el período en el que muchos activos de riesgo se sintieron pesados, los spreads de crédito se ensancharon y la narrativa dominante era que la política monetaria seguía “muy restrictiva”.

Diciembre marca un punto de inflexión. La Reserva Federal ha puesto fin al QT y ha pasado a reinvertir íntegramente los vencimientos de Treasuries y MBS. Es decir, deja de restar liquidez de forma automática. A esto se suma algo que en los medios casi no se menciona, pero que para el sistema financiero es crucial: el uso creciente de Reserve Management Operations (RMOs), repos a plazo diseñados para reconstruir reservas bancarias cuando empiezan a acercarse a niveles incómodos.

Estos RMOs no se venden al público como “Quantitative Easing”, pero en la práctica tienen un efecto muy similar sobre la liquidez: la Fed intercambia Treasuries por reservas, mejora la posición de los bancos y suaviza las tensiones en el mercado de crédito. Es lo que muchos analistas ya llaman “QE técnico”: no está pensado para inflar los mercados a lo loco, sino para mantener un régimen de reservas amplias donde el sistema pueda seguir financiando la economía real sin sobresaltos.

En paralelo, el ajuste de la eSLR (la ratio de apalancamiento suplementaria) libera a los grandes bancos de parte del “castigo” de capital por tener reservas y Treasuries en su balance. Eso les da más margen para participar en el mercado de repos, comprar deuda pública y seguir prestando a empresas y familias. Traducido al lenguaje que nos importa: más apetito para financiar hipotecas, proyectos de construcción, inversión industrial y consumo.

Con QT parado, RMOs preparados para añadir reservas cuando haga falta y una regulación algo más amable, la dirección de la liquidez es clara. Ya no estamos en el tramo de drenaje agresivo; estamos entrando en una fase donde la liquidez neta tiende a mejorar, y eso es justo lo que suele preceder a los grandes tramos alcistas en sectores sensibles a tipos: vivienda, manufactura y crédito al consumo.

El lenguaje secreto de la pre‑expansión

Si miras sólo los titulares mensuales de empleo en Estados Unidos, es fácil perderse. Pero si te vas a la letra pequeña de la estadística, hay una serie que habla muy claro del punto del ciclo en el que nos encontramos: TEMPHELPS, el indicador de FRED que recoge el cambio interanual en el empleo de servicios temporales.

Después del boom post‑pandemia, el empleo temporal entró en caída libre durante 2023. La tasa interanual se fue hundiendo y se mantuvo negativa durante buena parte de 2024. Las empresas empezaron a recortar primero los contratos temporales, como siempre hacen cuando se preparan para un entorno más duro. El mensaje era claro: fase de desaceleración y limpieza de excesos.

Pero a partir del otoño de 2024 algo empezó a cambiar. Si te fijas en la curva de TEMPHELPS, el mínimo se da cuando el crecimiento interanual ronda el doble dígito negativo, y desde ahí la pendiente empieza a mejorar mes a mes. En lugar de seguir cayendo, el indicador pasa a ser cada vez menos negativo. Se mueve de una zona alrededor de menos diez por ciento hacia valores cercanos al menos tres por ciento durante 2025.

Aquí lo importante no es que el nivel actual siga por debajo de cero, sino la dirección del movimiento. En todos los ciclos anteriores, cuando el empleo temporal deja de empeorar y comienza una tendencia sostenida de mejora, significa que las empresas han terminado de ajustar plantilla y se preparan para la siguiente fase: primero estabilizar, después volver a contratar. Es el típico comportamiento de una economía que está dejando atrás la recuperación y se aproxima a la fase de expansión.

El segundo indicador adelantado que confirma esta lectura viene del mundo corporativo: las expectativas de beneficios. En los resultados de 2025 hemos visto algo que no ocurría desde 2021: un número de compañías del S&P 500 con guidance positivo de beneficios por acción muy por encima de la media de los últimos cinco y diez años. No hablamos sólo de empresas de inteligencia artificial; consumo discrecional, financieras y partes de la industria tradicional también están mejorando sus proyecciones.

Históricamente, cuando el porcentaje de empresas que revisa al alza su guía de beneficios se va por encima de sus promedios de largo plazo, pasan dos cosas. Primero, los índices comienzan a reaccionar meses antes de que el crecimiento se vea en el PIB. Y segundo, el ISM manufacturero suele cruzar por encima de 50 en los trimestres siguientes. Lo vimos en 2016‑2017, cuando la mejora en guidance empresarial adelantó la salida del bache industrial, y lo vimos en 2020‑2021, cuando los beneficios esperados explotaron al alza justo antes del rally de ISM por encima de 60.

Hoy el patrón se parece mucho a esos momentos de “pre‑expansión”: empleo temporal subiendo desde sus mínimos, empresas más optimistas con sus márgenes y el mercado empezando a descontar un entorno de tipos más bajos y más liquidez. No estamos aún en el pico de la fiesta, pero la música ya ha empezado a sonar.

El renacimiento silencioso del “made in USA”

Si sólo miras el ISM manufacturero de noviembre, con un valor alrededor de 48, te da la impresión de que la industria estadounidense sigue en contracción. Sin embargo, el PMI de manufactura de S&P Global cuenta otra historia: lleva varios meses por encima de 50, señalando expansión moderada en muchas cadenas productivas.

La forma más honesta de leer estos datos es hacer lo que casi nadie hace: promediar ambos índices. Cuando promedias el ISM y el PMI de S&P, obtienes un nivel ligeramente por encima de 50. Es decir, el “PMI medio” de la manufactura de Estados Unidos ya estaría en modo expansión suave. Visto así, ya no estamos ante una industria en recesión, sino ante una economía industrial que está cruzando la frontera entre la recuperación y el crecimiento.

¿Qué puede acelerar ese paso hacia una expansión más clara, con un ISM por encima de 50 durante varios trimestres? La respuesta está en la combinación de política monetaria, regulación financiera y política industrial.

Por un lado, tenemos tasas de interés a la baja, con la Fed dejando claro que el nivel actual sigue siendo restrictivo y que hay espacio para recortes adicionales si la inflación se mantiene controlada. Por otro, el fin del QT elimina el drenaje automático de liquidez y abre espacio para ese QE técnico vía RMOs y repos a plazo que añaden reservas al sistema bancario cada vez que hace falta. Si sumamos a esto la relajación de la eSLR, el resultado es simple: más ganas y más capacidad de los bancos para financiar crédito a la economía real.

En vivienda, eso se traduce en hipotecas algo más baratas, tipos a 30 años en sus niveles más bajos en más de un año y un mercado inmobiliario que pasa de estar congelado a un deshielo lento. Las constructoras empiezan a ver más demanda, el inventario mejora y los proyectos de construcción vuelven a aparecer en el pipeline. Toda esa cadena, desde el crédito hipotecario hasta la fabricación de materiales, muebles y electrodomésticos, empuja al alza al ISM.

Al mismo tiempo, en Washington se cocina otro catalizador clave: una estrategia explícita para impulsar la robotización en las fábricas norteamericanas. Se habla de una futura orden ejecutiva para acelerar la adopción de robots industriales y automatización avanzada, como parte del plan para relocalizar producción desde Asia y ganar competitividad frente a China. Para las empresas manufactureras, esto significa reducir costes unitarios y aumentar la productividad por trabajador.

Cuanto más se automatizan las plantas, más fácil es producir mayor volumen de bienes a menor coste. Eso es oro puro para la macro: una oferta más abundante y eficiente permite sostener un crecimiento cercano al 3% anual en el PIB con una inflación contenida, porque la presión principal viene del lado de la producción, no de un exceso artificial de demanda. Si hay más productos compitiendo en las estanterías a precios razonables, el consumidor puede aumentar su gasto sin que los índices de precios se disparen.

Este es el verdadero corazón de la historia que casi nadie está contando. No se trata sólo de cuándo bajan las tasas, sino de para qué se baja la tasa y qué tipo de economía se quiere construir alrededor de una nueva oleada de liquidez. Si la combinación de liquidez abundante, tasas más bajas y robotización se traduce en más producción doméstica, el resultado natural es un ciclo donde el consumo crece porque hay más empleo, más inversión y más bienes disponibles, no porque estemos dopando la demanda con crédito fácil y subidas de precios.

¿Qué significa todo esto para el inversor que mira a 2026?

Si te quedas en los titulares, verás miedo a la recesión, discusión política sobre la inflación y encuestas de sentimiento del consumidor profundamente polarizadas. Pero si te bajas a los indicadores adelantados que hemos visto, la imagen es otra.

Por el lado de la liquidez, hemos pasado de una contracción intensa entre julio y noviembre a un entorno donde el QT ha terminado, los repos a plazo y las RMOs pueden añadir reservas cuando haga falta y la regulación permite a los bancos expandir su balance sin asfixiar su capital. Por el lado del ciclo, TEMPHELPS se gira al alza desde los mínimos de 2023 y las empresas mejoran sus proyecciones de beneficios justo en el momento en que el PMI medio de manufactura supera 50.

Y por el lado de la economía real, aparece una narrativa distinta a la de los últimos años: en lugar de confiar en la inflación para licuar la deuda, Estados Unidos parece apostar por aumentar la producción doméstica, automatizar sus fábricas y reconstruir su base industrial, apoyado por tasas más bajas y un mercado de crédito más fluido. Si ese plan se consolida, la consecuencia lógica es un ciclo en el que el consumo puede crecer sin que el PCE se dispare, gracias a una mayor oferta de bienes y a una inflación contenida.

Para el inversor hispanohablante que mira a Estados Unidos desde América Latina o Europa, el mensaje es claro. La verdadera oportunidad no está en adivinar el próximo titular de la Fed, sino en leer los indicadores adelantados y posicionarse antes de que el ISM confirme la expansión. Quien espere a ver el dato por encima de 50 probablemente llegará tarde. Quien entienda hoy la historia que cuentan la liquidez, el empleo temporal y los beneficios esperados, estará mejor preparado para aprovechar el próximo gran tramo del ciclo estadounidense.