La guerra con Irán acelera el ciclo

La guerra con Irán acelera el ciclo

Durante buena parte de los últimos meses, el mercado había empezado a acostumbrarse a una idea cómoda: Estados Unidos seguía creciendo, la inflación venía bajando y la Reserva Federal podía darse el lujo de esperar. Era, en esencia, el escenario ideal para los activos de riesgo. Sin embargo, la guerra con Irán ha introducido una variable que cambia el tono del ciclo económico: el petróleo vuelve a subir con fuerza, la gasolina empieza a reaccionar y la conversación sobre inflación reaparece justo cuando el mercado laboral muestra señales de enfriamiento.

Esa mezcla es la que hace tan interesante este momento. Si solo miráramos el empleo, la lectura sería que la Fed gana argumentos para no endurecer más e incluso para pensar en recortes más adelante. Si solo miráramos el petróleo, la conclusión sería que la inflación puede volver a acelerarse y dejar al banco central atrapado. Pero el mercado no vive de variables aisladas. Lo que realmente importa es cómo encajan el shock energético, el reporte laboral, el ISM manufacturero, la liquidez del sistema y el impulso estructural que todavía existe por inteligencia artificial, defensa, infraestructura y reindustrialización.

La guerra con Irán no está rompiendo, por ahora, la expansión de Estados Unidos. Lo que está haciendo es cambiar su composición. Veníamos de una fase de crecimiento con inflación a la baja. Ahora estamos entrando en una fase más incómoda: crecimiento todavía positivo, pero con más presión inflacionaria. No es un giro automático hacia recesión. Tampoco es una vuelta limpia al escenario de 2023 o 2024. Es una transición hacia un régimen más caliente, más volátil y políticamente más difícil para la Fed.

El punto decisivo no es solamente cuánto suba el petróleo, sino cuánto tiempo logre sostenerse arriba. Ahí está la diferencia entre un susto inflacionario temporal y un verdadero cambio de régimen.

Del petróleo a la inflación

El mercado habla del petróleo como si el salto actual ya hubiera desatado una nueva ola inflacionaria completa, pero la realidad es más matizada. El movimiento ha sido lo bastante fuerte como para encender alarmas, sobre todo si Brent termina tanteando la zona de 95 a 100 dólares, pero eso no significa que todo el sistema de precios vaya a reaccionar de inmediato con la misma intensidad. La transmisión más rápida no se ve primero en el nucleo subsyacente, ni en los servicios. Se ve en energía, gasolina, transporte y expectativas.

Ese matiz es clave. Trueflation esta semana subió apenas de forma marginal y todavía se mantiene por debajo de 1%. Eso sugiere que, aunque el petróleo ya empezó a meter presión, la inflación agregada todavía no ha absorbido de lleno el shock. Dicho de otra manera, el mercado ya siente el miedo inflacionario, pero los medidores de inflación en tiempo casi real todavía no muestran una reaceleración generalizada. Esto es importante porque evita caer en el alarmismo fácil: el shock existe, pero todavía está entrando en el sistema.

Históricamente, cuando el crudo sube con fuerza, la gasolina suele reaccionar en cuestión de días o pocas semanas. Ahí es donde el consumidor siente primero el golpe. El CPI oficial, en cambio, tiene más retraso. Por eso el dato más próximo puede capturar solo una parte del movimiento, mientras que los reportes siguientes son los que deberían reflejar mejor la subida de la gasolina si el petróleo sigue alto. En términos prácticos, el mercado podría ver antes el impacto en indicadores de alta frecuencia, expectativas y narrativa que en la inflación oficial completa.

La gran pregunta para los próximos meses no es si el petróleo puede empujar el headline al alza. Eso es bastante probable. La pregunta de verdad es si ese repunte se queda atrapado en energía o si empieza a contaminar bienes, fletes y servicios. Ahí entra el factor tiempo. Si el shock dura una o dos semanas más y luego se empieza a resolver, el escenario más probable es un pico de inflación más visible en gasolina y headline, pero relativamente acotado. Si el petróleo logra instalarse durante seis u ocho semanas cerca de 100 dólares, entonces ya cambia la conversación: el efecto deja de ser solo táctico y empieza a influir sobre el comportamiento general de precios.

Ese es precisamente el riesgo que abre la guerra con Irán. No tanto una inflación permanente desde ya, sino la posibilidad de que el mercado pase de pensar en una economía que podía seguir creciendo con inflación contenida, a una economía que sigue creciendo pero con una inflación que vuelve a molestar. Es un cambio sutil, pero muy importante para la narrativa macro.

Esperar un poco más

El segundo gran eje de esta semana fue el reporte de empleo. La foto no fue buena. La nómina no agrícola cayó en 92 mil empleos, la tasa de desempleo subió a 4.4% y el dato anterior quedó revisado a la baja. No es el tipo de reporte que respalde una economía desbordada. Sí es el tipo de reporte que confirma que el mercado laboral ya no está tan sólido como hace unos trimestres.

Sin embargo, tampoco es una señal definitiva de colapso. Los salarios por hora siguieron creciendo a un ritmo todavía relativamente firme y, aunque el desempleo ya se acerca a la zona de 4.5% que el mercado vigila como referencia incómoda para la Fed, no estamos viendo todavía una destrucción de empleo propia de un escenario de contracción profunda. Lo que sí aparece es una economía menos uniforme: algunos sectores aguantan, otros se enfrían, y el margen de error para la política monetaria se reduce.

Aquí es donde el shock del petróleo le complica la vida a la Reserva Federal. Si el empleo se debilita, el impulso natural sería pensar que la Fed tiene más espacio para recortar tasas. Pero si al mismo tiempo la energía vuelve a empujar la inflación al alza, ese espacio se achica. La Fed no está frente a una economía lo bastante débil como para correr a rescatarla, ni frente a una inflación lo bastante controlada como para relajarse. Está en el peor tipo de zona gris: una en la que cada dato obliga a esperar un poco más.

Para nuestro marco de análisis, esto no invalida la tesis de expansión. La modifica. Ya no estaríamos hablando de una expansión limpia y desinflacionaria, sino de una expansión más torpe, con más fricción. El empleo flojo no destruye automáticamente el ciclo si la producción, los pedidos y la liquidez siguen sosteniendo la actividad. Pero sí cambia la sensibilidad del mercado a cualquier sorpresa negativa adicional. Por eso este reporte es relevante: no porque anuncie recesión mañana, sino porque vuelve más frágil el equilibrio de la Fed en el momento exacto en que el petróleo vuelve a subir.

ISM, manufactura, liquidez y defensa

Si uno se queda solo con el petróleo y el empleo, la historia parece sombría. Pero cuando entramos a los datos de actividad, la imagen se vuelve más compleja y bastante más constructiva. El ISM manufacturero sigue en expansión, alrededor de 52.4, apenas por debajo del mes previo. Eso significa que la parte industrial de la economía no solo no se ha roto, sino que continúa avanzando. Más importante todavía: nuevas órdenes, producción y acumulación de pedidos siguen mostrando tracción.

El detalle más llamativo del ISM es el salto de precios pagados hasta 70.5. Ese dato es una señal clara de presión inflacionaria en la cadena productiva. No demuestra por sí solo que vayamos a una nueva ola inflacionaria sostenida, pero sí confirma que el shock de costes ya está apareciendo en la actividad manufacturera. Y esa es justamente la esencia del cambio de régimen que estamos discutiendo: la expansión sigue viva, pero el coste de esa expansión empieza a subir.

A la vez, servicios continúa fuerte. Eso importa porque una recesión de verdad suele requerir una debilidad más clara y sincronizada entre manufactura, servicios y empleo. De momento no estamos ahí. Seguimos viendo una economía con demanda resistente, un impulso estructural ligado a la inteligencia artificial, capex tecnológico, infraestructura eléctrica, centros de datos y, ahora además, una renovada narrativa de defensa y producción industrial. Si la Casa Blanca presiona a la industria militar para multiplicar producción y acelerar manufactura, ese gasto no reemplaza todos los demás motores, pero sí añade una capa extra de soporte cíclico.

La liquidez, por ahora, también acompaña más de lo que asusta. El balance de la Fed subió esta semana, las reservas bancarias aumentaron con fuerza, la TGA apenas drenó de forma marginal y las tasas de funding siguen controladas, sin señales de estrés serio. Eso no significa que todo sea alcista sin interrupciones. Significa algo más importante: el sistema monetario todavía no refleja el tipo de tensión que normalmente precede a un accidente macro mayor.

De hecho, es probablemente una de las partes más infravaloradas por el mercado generalista. Si el petróleo sube, pero la liquidez sigue razonablemente estable, las reservas bancarias mejoran y el sistema no muestra estrés, entonces el shock se parece más a una perturbación inflacionaria dentro de una expansión que a una señal de implosión financiera. Y esa diferencia cambia por completo la lectura de los próximos meses.

Entonces, ¿la guerra acelera el ciclo económico o lo descarrila?

La forma más honesta de responder es probabilísticamente. Mi escenario base es que la guerra con Irán, si no se prolonga demasiado, acelera la transición hacia una fase de crecimiento con inflación más alta, pero no descarrila de inmediato la expansión. En este escenario, el petróleo sigue presionando durante unas semanas, la gasolina sube con rapidez, Trueflation deja de estar tan tranquila como hasta ahora y los próximos reportes de inflación muestran más ruido. Sin embargo, el crecimiento se mantiene vivo porque la economía ya venía entrando en una fase de expansión industrial y de servicios antes del shock.

En ese caso, el ISM debería seguir sobre 50 en los próximos meses, aunque probablemente con más presión de costes y algo más de volatilidad en márgenes y sentimiento. El PIB de Estados Unidos podría seguir creciendo en positivo hasta junio, aunque quizá con una trayectoria menos limpia de la que el mercado esperaba hace unas semanas. No sería el final del ciclo. Sería una aceleración incómoda del mismo, con inflación de vuelta en la conversación y una Fed obligada a sostener tasas altas por más tiempo.

El escenario alternativo, menos probable pero claramente posible, aparece si el petróleo no solo toca 100, sino que se queda alto demasiado tiempo. Ahí sí el shock deja de ser táctico. Empieza a filtrarse a más precios, deteriora más el consumo, endurece condiciones financieras, golpea confianza y termina dañando manufactura y servicios con retraso. En ese caso, la guerra no aceleraría el ciclo: lo desgastaría hasta convertirlo en algo mucho más parecido a una estanflación suave o incluso a una desaceleración más seria de cara al segundo semestre.

Por eso el mercado no debería obsesionarse solo con el precio máximo del petróleo, sino con la duración del episodio. Un pico rápido puede recalentar el ciclo y luego enfriarse. Un periodo prolongado de energía cara cambia mucho más el régimen macro. Esa es la frontera entre susto inflacionario y verdadero cambio de tendencia.

La lectura más importante para los próximos tres meses

Por ahora, la mejor lectura no es que la guerra con Irán haya provocado ya una recesión inminente. La mejor lectura es que ha obligado al mercado a abandonar la comodidad de la desinflación perfecta y a entrar en una fase más realista: una economía que sigue creciendo, pero con más costes, más fricción y más incertidumbre política y monetaria.

Y, a veces, eso es exactamente lo que ocurre en la parte más madura de una expansión: no se rompe de golpe, primero se recalienta.


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